Había una vez un sirviente de una familia noble que se llamaba Wang Gul Chang Gul De, a quien todos llamaban Wangul para abreviar. Un día le ordenaron acompañar al señorito de la casa a Seúl, pues iba a rendir el examen nacional al que tenían derecho todos los nobles para convertirse en funcionarios del reino. El señorito iba a caballo y Wangul a pie tirando de las riendas. Después de mucho andar, el señorito sacó del morral una gran bola apretada de arroz y se dispuso a comer. Viendo que Wangul lo miraba con ojos hambrientos, le dijo: “Oye, los nobles no podemos aguantarnos el hambre, pero los sirvientes sí, así que espera a que lleguemos a Seúl.” Wangul no contestó nada, pero aprovechando que su amo se iba a hacer sus necesidades, se comió todo el arroz del morral y lo llenó con sus excrementos. Después de andar otro buen rato, al señorito le dio hambre y fue a sacar otra bola de arroz, pero se encontró con que estaba lleno de heces: “¿Qué ha pasado aquí?”, preguntó muy...
"Las palabras no tienen alas pero pueden volar mil kilometros"