viernes, 9 de septiembre de 2011

Leyenda de la buena hija Ji-eun – Ji Eun Seol Hwa

Había una vez en los tiempos de Shilla, una joven llamada Ji-eun que vivía con sus padres en Gyeongju, la ciudad capital del reino. Desde pequeña demostró ser una hija abnegada y solícita, por lo que sus padres estaban muy orgullosos de ella y jamás lamentaron no poseer un hijo varón. Sin embargo, la desgracia quiso que el padre muriera cuando ella era aún una jovencita y que la madre enfermara a resultas del golpe sufrido. Ji-eun se encontró pues sola para mantener la casa y a su madre. A pesar de que trabajaba de sol a sol, la pobreza de las dos mujeres iba cada vez más en aumento. Sus pocas fuerzas no podían mantener la casa, por lo que tuvieron ir vendiendo poco a poco lo poco que tenían, llegando incluso a perder la pequeña casa en donde vivían. Pasó el tiempo sin esperanzas de mejores días y Ji-eun había cumplido ya los treinta y dos años. La madre, que veía que su hija envejecía sola y que no había manera de casarla puesto que no tenía dote, se achacaba toda la culpa se ponía más y más enferma. La situación empeoró de tal manera que Ji-eun tenía que alimentar a su madre mendigando arroz por el barrio, pero a veces no conseguía que le dieran nada y pasaban días enteros que no podían llevarse nada a la boca. Viendo que de seguir así su madre enferma moriría de hambre, Ji-eun vendió su libertad por diez sacos de arroz, lo que alcanzaría para alimentar a las dos durante un año, y entró a trabajar como esclava de una familia muy rica. Salía a trabajar antes de que saliera el sol y volvía a su casa cuando era ya noche cerrada. Entonces le preparaba la comida a su madre enferma. Unos días después, la madre le comentó a Ji-eun: “Cuando antes comía el arroz frío que traías de mendigar, me sabía dulce y rico; pero últimamente el arroz que me haces, aunque está recién hecho y es de la mejor calidad, me sabe amargo. Incluso, cuando trago cada bocado siento como puñaladas que me atraviesan el corazón.” Al escuchar esto, Ji-eun no pudo evitar desatarse en lágrimas y, conminada por la madre, tuvo que confesarle que se había vendido como esclava a un comerciante. La madre contestó entonces: “Ahora lo entiendo. La culpa de todo la tengo yo. ¡Cómo lamento no poder morirme de una vez para dejar de ser un peso para ti!” Abrazadas, las dos mujeres, lloraban desconsoladamente a lágrimas vivas, como si no hubiera nada en el mundo capaz de consolarlas. Un joven guerrero hwarang que escuchó los lamentos y la desesperación a las dos mujeres, se compadeció de ellas y solicitó a sus padres que las ayudaran de alguna manera. Sus padres, que eran aristócratas de buen corazón, pagaron los diez sacos de arroz que Ji-eun debía al comerciante y le devolvieron la libertad. La historia de abnegación y amor filial de Ji-eun, que había sido capaz de venderse como esclava para alimentar a su madre, cundió entre los aristócratas, quienes, conmovidos, la ayudaron enviándole alimentos, leña y vestidos. Poco tiempo después, la historia de Ji-eun llegó a los oídos del mismísimo rey de Shilla, quien considerando que su ejemplo debía ensalzarse y darse a conocer en todo el reino, le dio a Ji-eun el título honorífico de “hija buena” y dispuso que a partir de entonces el barrio donde vivía llevara su nombre. Asimismo ordenó que le enviaran quinientos sacos de arroz y otros granos y que le construyeran una casa nueva. Y como la repentina buena fortuna de Ji-eun y su madre podría atraer a maleantes y ladrones, mandó que los guardias reales vigilaran la vivienda noche y día. Con el tiempo, gracias a los buenos cuidados de su hija, la madre sanó completamente de su enfermedad. Ji-eun, por su parte, aunque le surgieron muchos pretendientes a causa de su repentina riqueza, no se casó nunca y vivió toda su vida al cuidado de su madre.

Al parecer se basa en una historia real, puesto que figura en el libro “Sam Guk Sa Ki” o Historia de los Tres Reinos, en los que se registran los hechos más sonados de los tres reinos que componían la península coreana en los primeros siglos de esta era: Goguryo, Shilla y Baekje. La leyenda muestra asimismo cómo el ser “buen hijo” ha sido una de las virtudes morales más apreciadas por los coreanos, no sólo en esta época sino a lo largo de toda su historia.

 Fuente KBS WORLD
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