viernes, 19 de agosto de 2011

El sueño del monje Choshin – Chosin Ui Kum

Había una vez en los tiempos del reinado de Shilla, hace 1500 años atrás, un monje budista llamado Choshin. El templo al que pertenecía este monje tenía unas tierras en la actual provincia de Gangwon y Choshin fue enviado al lugar para administrarlas. Al poco tiempo de llegar, conoció a la joven hija del gobernador de la región. Sólo la vio por unos minutos, pero fueron suficientes para enamorarse perdidamente de ella. Olvidando su condición sacerdotal, todos los días le pedía en secreto a Buda que le concediera a la muchacha como su mujer. Pasaron así unos años, al cabo de los cuales llegó a oídos de Choshin la noticia de que la hija del gobernador se había casado con el hijo de un noble muy poderoso. Lleno de desesperación, Choshin se dejó caer ante la estatua de Buda a la que le había rezado durante todos esos años y llorando amargamente le reprochó que no le hubiera cumplido su deseo más hondo. Así estuvo por horas, hasta que anocheció. Vencido por sus sentimientos de dolor, se quedó dormido y tuvo el siguiente sueño:

La bella y joven hija del gobernador se le acercó con una sonrisa y rodeándole con un brazo los hombros le dijo: “No sigas llorando, Choshin. Como tú, yo me enamoré de ti el día en que nos vimos por primera vez y desde entonces no he podido olvidarte. No tuve más remedio que casarme porque no podía contradecir a mis padres, pero ahora estoy libre y dispuesta a seguirte a donde quieras llevarme.” Choshin no podía creer lo que estaba viendo y oyendo, y lleno de felicidad abrazó a la muchacha y los dos se prometieron amor eterno. Ambos abandonaron su posición y su condición y se escaparon muy lejos, a un lugar donde nadie los conocía. Transcurrieron así cuarenta años, durante los cuales la pareja tuvo cinco hijos. Ambos estaban ya viejos, pero como se habían prometido al principio, el amor que sentía el uno por el otro no había cambiado. Sin embargo, no podía decirse que los cuarenta años de vida en común hubieran sido felices. Sin casa ni tierras, habían vivido todos esos años como vagabundos, durmiendo bajo los puentes cuando hacía buen tiempo y refugiándose en malolientes establos y cobertizos ajenos cuando hacía frío. Cuando eran más jóvenes habían trabajado para mantenerse, pero ahora que estaban viejos y cansados, sólo podían vivir de lo que mendigaban en pueblos y aldeas. El invierno pasado habían tenido que sepultar con terrible dolor a su hijo mayor de quince años, que había muerto congelado en el monte tratando de conseguir algo con que alimentar a sus hermanos menores. Ahora era primavera, pero la pareja estaba tan débil y enferma que su hija de diez años había tenido que salir a mendigar por ellos. Sin embargo, ese día la niña volvió no sólo con las manos vacías sino también con una terrible herida en las piernas, pues había sido mordida por un perro. Viendo cómo sufrían sus hijos y ellos mismos, la mujer le dijo entre lágrimas a Choshin: “Cuando nos conocimos éramos jóvenes y hermosos, pero ahora estamos enfermos, sucios y a punto de morirnos de hambre. Con el amor que nos tenemos, hemos soportado con buen ánimo todas las penurias, pero cada día que pasa estamos peor y no hay ningún remedio posible. No hay duda de que si seguimos juntos, nuestros hijos irán muriendo uno a uno y nosotros mismos también moriremos pronto. Si hemos de acabar así, es mejor que nos separemos, para que al menos nuestros hijos tengan la oportunidad de una vida mejor.” Cuando Choshin escuchó lo que le decía su mujer, se alegró mucho y estuvo de acuerdo. Sintiéndose por fin libres de tantos años de culpa y sufrimientos en común, los dos se separaron en direcciones contrarias, llevándose cada uno a dos de sus hijos de la mano.

En ese instante, Choshin oyó cantar un gallo y se despertó. Todo había sido un horrible sueño. Se sintió aliviado de que nada hubiera sido verdad, pero sentía un gran cansancio en el cuerpo, como si hubiera realmente vivido todos esos años de sufrimiento. No sólo eso, también sus cabellos se habían tornado absolutamente blancos como los de un anciano. Levantó entonces la vista hacia la estatua de Buda y esta vez sus ojos se llenaron de lágrimas de arrepentimiento. Ese mismo día se dirigió al monte donde en su sueño había muerto su hijo mayor y cavando en la tierra encontró una imagen de piedra de Buda. La lavó cuidadosamente y la hizo guardar en el santuario del templo más cercano. Después, dedicó toda su fortuna a construir un templo y vivió el resto de su vida consagrado a la vida religiosa.

Bueno, amigos, así se termina nuestra historia legendaria de hoy, que nos habla de los vanos deseos que a veces perseguimos en la vida, sufriendo y ocasionando penurias y dolores, cuando podríamos evitarlos reflexionando un poco acerca de cuál es nuestro verdadero lugar y objetivo en esta vida.

 Fuente KBS WORLD
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