Había una vez dos hermanos. El mayor se llamaba Nolbu y era codicioso y egoísta. El menor se llamaba Heungbu y era muy bueno, pero algo tonto y perezoso. Un día el padre, que estaba gravemente enfermo, llamó a los hermanos a su lecho de muerte y les hizo prometer que se repartirían equitativamente la herencia y que se cuidarían mutuamente. Sin embargo, apenas terminó el funeral, Nolbu se quedó con todos las tierras y bienes y echó a Heungbu y a su numerosa familia a la calle. Heungbu, que no sabía hacer nada, vivía de lo poco que ganaba alquilando su persona para recibir golpes que estaban destinados a otros, por lo que volvía siempre magullado y lleno de moretones a su mísera choza, donde lo esperaban su mujer y sus diez hijos hambrientos. Un día hasta perdió este trabajo, porque otro comenzó a ofrecerse a menor precio. Como su familia se moría de hambre, se armó de valor y fue a ver a su hermano Nolbu, pero éste lo echó sin miramientos. Atraído por el olor a arroz recié...
"Las palabras no tienen alas pero pueden volar mil kilometros"