Había una vez en un pueblo muy recóndito una casa muy pobre, en donde vivían solas una muchacha y su anciana madre. Un día que llovía copiosamente en plena temporada monzónica, un sapo grande y lleno de verrugas buscó refugio en la cocina de esa casa. La muchacha, que estaba preparando la cena, se asustó mucho y pensó en echar al bicho, pero le dio lástima su situación de desamparo y en su lugar le dio algo de comer. Quizá agradecido por la comida y el refugio cálido de esa cocina, el sapo no quiso marcharse de esa casa. Día a día, el sapo se hacía cada vez más grande y demandaba más comida. Sin embargo, la muchacha no dejó de alimentarlo un sólo día, aunque eso significara disminuir su ración y la de su madre. El sapo se hizo tan grande como la enorme olla de hierro que estaba encima de la chimenea de la cocina y todas las noches la muchacha solía charlar con él, contándole lo que le había acontecido durante el día, mientras el animal la escuchaba en silencio cerrando lo...
"Las palabras no tienen alas pero pueden volar mil kilometros"