Había una vez en el reino de Shilla un rey llamado Gyeongmun. Al poco tiempo de ascender al trono, le comenzaron a crecer inusitadamente las orejas, las cuales llegaron a tener un tamaño más que considerable. No sabiendo a qué se debía este cambio drástico en su fisonomía, no quiso contárselo a nadie. Tampoco se enteró nadie, ni siquiera la reina o las concubinas, pues el rey, como correspondía a su majestad, siempre llevaba la cabeza cubierta, o bien con la corona o bien con un gorro alto. El único que llegó a saberlo fue el sombrerero real, a quien el rey amenazó con cortarle el cuello si llegaba a divulgar semejante infortunio fisiológico del monarca. El sombrerero era un hombre simple y dicharachero que gustaba de la compañía de amigos y conocidos. Además, ya sabemos lo difícil que es guardar un secreto, sobre todo si nos hacen jurar y rejurar que no se lo diremos a nadie. Al sombrerero le cosquilleaba tanto la boca por las ganas insoportables que sentía de contarle ...
"Las palabras no tienen alas pero pueden volar mil kilometros"