Una tumba infantil en Kalmoi No llegaba al año y no tenía nombre. Vino a este mundo, respiró unas pocas veces, y luego se fue sin inscribirse en el registro familiar. Su madre no derramó lágrimas ni hubo lamentos. Eran tiempos de hambruna, un perro husmeaba cerca de su tumba; excarbó la tierra, se comió lo que estaba enterrado y enloqueció. Aquel perro loco mordió a dos personas. Ese niño, ese niño que no tenía ni siquiera un nombre, vino a este mundo y todo lo que hizo fue enloquecer a un perro. Alguien de Mijei sacrificó al perro loco. Poemas de Diez mil vidas , de Ko Un.
"Las palabras no tienen alas pero pueden volar mil kilometros"