Había una vez un noble pobre que vivía con su mujer en una casa muy humilde del pueblo. Vivían muy frugalmente y sin quejarse, pero lo que les dolía más que la estrechez económica era el no tener hijos, a pesar de que ya acercaban a los cincuenta años. Una noche muy fría de invierno, afuera nevaba muy fuerte y soplaba un viento hiriente como un cuchillo. En la casa, la pareja se había acostado temprano y charlaba en voz baja. El noble, tomando la mano de su esposa debajo de las semanas, le dijo: “Pérdoname, mujer, en todos estos años de casados te he dado sólo una vida de privaciones y sufrimientos”. La mujer, conmovida, le contestó: “No digas eso. Soy feliz a tu lado y lo que lamento con toda mi alma es el no haberte podido dar un hijo. Otro marido me hubiera abandonado o tomado una concubina, pero tú me has sido fiel. Yo soy la que te tengo que dar las gracias y la que tiene que pedirte perdón.” Diciéndose estas cosas, estaban a punto de dormirse, cuando escucharon que ...
"Las palabras no tienen alas pero pueden volar mil kilometros"