Había una vez una pareja de ancianos que vivía en la costa, cerca del mar. El hombre se dedicaba a la pesca y la mujer atendía las tareas de la casa y cosía las redes. Sin embargo, a pesar de haber trabajado afanosamente toda su vida, eran muy pobres. Vivían en una choza destartalada, y aunque ellos mismos no tenían casi nada para llevarse a la boca, nunca dejaban que el perro y el gato que criaban, pasaran hambre. Un día como cualquier otro, el anciano salió de pesca y atrapó en sus redes una gigantesca carpa plateada, casi tan grande como un niño de cinco años. Pensando en lo que le darían en el mercado cuando la vendiera y en todas las cosas que podría comprar, el anciano se sintió muy feliz. Sin embargo, para su gran sorpresa, descubrió que la carpa lo miraba tristemente, derramando gruesas lágrimas de sus ojos. Compadecido de su mirada, la dejó marcharse, diciéndose así mismo: “Ya es suficiente buena fortuna el haber tenido la oportunidad de pescar una carpa tan gran...
"Las palabras no tienen alas pero pueden volar mil kilometros"