Había una vez un leñador que vivía en un pueblo muy recóndito. No poseía tierras ni tampoco dinero para convertirse en comerciante. Sólo contaba con las fuerzas de sus brazos, así que se dedicaba a cortar leña en el monte y a venderla entre los aldeanos. La mayoría de ellos eran clientes fijos y antiguos que le compraban la leña de fiado y le pagaban una vez al año en el mes de marzo. Llegado este mes en un año de ésos, el leñador salió a cobrar los pagos atrasados de sus clientes. Cosa rara, ese año nadie se atrasó y al final del día había juntado cien monedas de plata. Sintiéndose rico, puesto que con ese dinero podría alimentar a su familia hasta marzo del año próximo, unió con una cuerda las monedas y se las guardó en el bolsillo. En el camino de vuelta a su casa, bordeando un lago, se encontró con unas personas que estaban discutiendo a gritos. Eran una anciana de cabellos canos, una mujer y un muchacho que parecía tener unos quince años. Cuando se acercó más, pudo oí...
"Las palabras no tienen alas pero pueden volar mil kilometros"