Había una vez una jovencita muy dulce y buena llamada Kong Jui. Había perdido a su madre cuando era pequeña, pero vivía feliz junto a su padre. Cuando Kong Jui cumplió catorce años, sintiéndose viejo y cansado, el padre volvió a contraer matrimonio para que su hija no se quedara sola cuando él muriera. La madrastra, que tenía una hija de la edad de Kong Jui llamada Pat Jui, aunque aparentaba ser buena con su hija adoptiva delante de su marido, mortificaba a Kong Jui de muchas maneras. Un día la madrastra mandó a las dos hijas a trabajar la tierra. A su hija verdadera le dio un azadón de hierro y la mandó a arar un campo de arena. A su hija adoptiva, en cambio, le dio un azadón de madera y le ordenó que arara un campo virgen y lleno de piedras. El objetivo era poder tener un pretexto para regañar a Kong Jui. En efecto, al poco tiempo de comenzar el trabajo, el azadón de madera de Kong Jui se hizo astillas contra las piedras. La niña comenzó a llorar desconsoladamente porqu...
"Las palabras no tienen alas pero pueden volar mil kilometros"