Había una vez una muchacha cuya bondad era proporcional a su gran fealdad. Era gorda y bajita como un mortero; sus ojos, saltones como los de un sapo; su nariz, gruesa como una patata; y su mentón, largo como una espátula. Parecía más bien un muñecote de madera por la tosquedad de los rasgos y movimientos, por lo que todos la llamaban Koktugaksi. Vivía sola con su padre y aunque los dos trabajaban la tierra de sol a sol, apenas lograban evitar pasar hambre. Así, siendo fea y pobre, no había tenido en toda su vida un solo pretendiente. Un día, cuando el padre de Koktugaksi había perdido toda esperanza de casarla, vino un mensajero proveniente de una comarca a cientos de leguas de distancia. El hombre, que venía en nombre de un joven llamado Mokdoryeong, le ofrecía matrimonio a la fea Koktugaksi. El padre de la muchacha dio enseguida su consentimiento sin hacer demasiadas preguntas acerca del joven, porque pensó que su hija no estaba en situación de poner condiciones. Sin e...
"Las palabras no tienen alas pero pueden volar mil kilometros"