Érase un frío invierno en las montañas de Gangwondo. Un tigre vagaba por las montañas buscando algún animal que comer. Un día se encontró con un conejo ni muy grande ni muy pequeño. En cualquier otra época del año no lo habría siquiera mirado, pero ahora no era momento de ponerse exigente. Cuando estaba a punto de comérselo de un bocado, el conejo le dijo: “¡Ni que hubieras venido a propósito! ¿Cómo supiste que estaba a punto de comerme unos pasteles de arroz asados al fuego? ¿Quieres acompañarme?”. El tigre se relamió de gusto al imaginar unos pasteles de arroz bien calentitos y decidió dejar el conejo para más tarde. El conejo condujo al tigre a la orilla del río, donde había una playa de grava. Allí el conejo eligió con cuidado unos guijarros blancos y redondos. A continuación, encendió el fuego y puso las piedras sobre las brasas. “Oye, voy a conseguir miel para endulzar los pasteles de arroz. He puesto al fuego exactamente diez pasteles. No se te ocurra comerte ni un...
"Las palabras no tienen alas pero pueden volar mil kilometros"