Había una vez una viuda que vivía con su hijo, pero éste no era más que un holgazán sin remedio. Por pereza se quedaba tumbado todo el día en su cuarto, comía acostado sobre su colcha y hacía sus necesidades en un orinal junto a la puerta. Su madre había intentado de mil maneras incentivar a su hijo a que trabajara, primero con buenas palabras y luego a los golpes, pero nada había funcionado. Un buen día, la pobre mujer se cansó y lo echó a gritos de la casa. El muchacho, sin inmutarse, le pidió a su madre que le trajera un manojo de paja. La mujer, intrigada, se lo trajo y entonces vio con sorpresa que su hijo se ponía a tejer una cuerda. Decidió darle una oportunidad y lo dejó hacer, mientras ella iba a trabajar al arrozal. Cuando volvió, descubrió que el muchacho había tejido sólo una braza de cuerda en todo el santo día. Furiosa hasta las narices, volvió a echar a su hijo de la casa y le amenazó del siguiente modo: “¡No vuelvas hasta que te hayas convertido en un homb...
"Las palabras no tienen alas pero pueden volar mil kilometros"